GUARDIANA DE LA MONTAÑA

Aquella noche, centrábamos nuestra atención en el relato que nerviosamente nos contaba el “Chino”  Wilmer Posligua, dueño de un apreciable terreno en Jama, hacienda de su padre, ¿Recuerdan cuando estuvimos tomando unos tragos el sábado pasado?      Bueno. Esa noche yo me despedí de ustedes  perfectamente sobrio, porque después de esos pocos tragos  los pollos a la brasa que comimos donde Pachito me dejaron como nuevo. Cuando salí  manejando mi camioneta,  entre las 12 y 12:30 de la noche,  me tocaba regresar por las  montañas  de San José (sitio del cantón Jama) para llegar a jama. Tan pronto la subí  y pasé el pequeño cementerio que existe a la mano izquierda, excepcionalmente decidí cruzar toda la montaña. La  noche  clara y serena  me invitaba a una singular concentración mental, llevándome quizá  por esa última crucecita que acababa de ver en el viejo cementerio de la subida, sabe Dios porque hice eso, pero que me trajo a la memoria relatos que sucedían el dicho cementerio, allá   en la soledad de la montaña de san José. El la sima de la montaña existía una Cruz que según la gente era de un hombre que había sigo atropellado en dicha montaña esa parte de la montaña era donde  los choferes llegábamos a ponerle velas y rezarle para que nos protegiera en el viaje-.     “No existía entonces carretera alguna, tuvieron que pasar años para que don Alex Cevallos alcalde de Jama, mandara construir la que ahora existe. La Cruz  estaba en las cercanías de la carretera en plena montaña. Era el alto obligado para  los camioneros. Allí revisábamos la máquina y sobre todo las llantas; por ese entonces, pues cuando no existía la carretera era puro polvo y en época de invierno era lodo por todo lados, la gente llevaba cadenas para las llantas, madera, cabos todo esto para poder subir la montaña en ese entonces era muy difícil subir pero lo hacían “Todos dejábamos nuestras limosnas en la Cruz, y muchas veces el chofer que necesitaba dinero para la compra de algún repuesto u  otra cosa, lo tomaba prestado con la promesa de devolverlo, con su interés, a su regreso. Esta devolución era sagrada, ¡pobre del que no cumpliera!  Se vengaba y le sacaba la mierda. El sabido de “Pajarito” se tiró la plata de la alcancía y no la devolvió. La cruz  lo esperó, y al año justo volteó su camión en la bajada de Ode la montaña de San José, y al poco tiempo la mujer ¡le sacó la vuelta con un asqueroso lechero! … ¡Cómo no se iba a respetar la Cruz.

“Iba, así, yo, sumido en mis nostalgias, fumando sin insistencia, venciendo apenas la noche, sutil somnolencia que quería apoderarse de mí, cuando   súbitamente me  deslumbró una luz enceguecedora que venía del cielo, tan relumbrante que me   impedía seguir manejando. Frené de golpe y la camioneta se paró en seco. Quise bajar y no pude. Quedé paralizado por completo, y de pronto mi cabeza cayó sobre el timón hasta quedarme profundamente dormido. No sé por cuánto tiempo quedé así; solo sé que, en la soledad de la noche, bajo la claridad de la luna, desperté y vi   una sombra gigantesca que se me acercaba. Quise prender la camioneta,  pero no pude. Estupefacto, con los ojos muy abiertos, vi que la sombra se aproximaba, se aproximaba… ¿Qué podía yo hacer en esas circunstancias? -No me considero un maricón, siempre me he sentido y me siento   muy hombre, pero hay momentos inexplicables en la vida. Esa noche, no podría decir qué era lo que me pasaba. Armas no tenía y el terror me impedía salir de la cabina. ¿Buscar un fierro, tomar una piedra? ¡Estaba paralizado…! “Y la sombra que yo veía gigantesca, ya no era sombra. El bulto, de forma humana, cubierto con un poncho que le caía sobre la espalda, se encontraba  a pocos metros… y me hablaba en una rara y extraña lengua, me gritaba, me resondraba. Yo no entendía lo que decía, pero  su largo báculo me señalaba el camino que yo había recorrido, y poniéndose delante de la camioneta, volvía a señalarme  sabe Dios, qué rutas en la inmensidad de las montaña.   Algo me calmé  al recordar que en el colegio era el último en la clase de idiomas, y el profesor Borrini, siempre me invitaba a descansar al patio. No podía apreciar su rostro,  pero indudablemente se trataba de   una fornida mujer que gritaba sabe Dios por qué   y para qué y en qué gutural idioma, ¿sería acaso  de otra galaxia?  Mi salvación se debió a un milagro; en una última tentativa, la camioneta encendió   y arranqué como alma que lleva el diablo,  a tal velocidad  que me costó la rotura del radiador y de  dos paquetes de muelles. La montaña  la crucé como una exhalación y llegué a Jamae, sudando frío, hasta donde mi santa esposa Teresa, que me dio a beber sus milagrosas aguas de hierbas  que  me calmaron y    me dormí.

Al día siguiente en la tarde me toco regresar a San José tranquilo porque pensé que había soñado todo pues como bebí pensé que lo había imaginado y para mi sorpresa había un circulo en llamas en el lugar donde se me había aparecido dicha mujer, luego en la sima de la montaña a lado de la cruz estaba dicha mujer, yo solo pase y ella me hizo con la mano y sonrió.

 

 

 

 

 

LORENA GUERRERO B.

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